Psicología inversa

Es una técnica conductista sutil que trata de conseguir un efecto en otra persona haciéndole creer que quieres que haga algo que en realidad no quieres.

¿Crees que la psicología inversa solo funciona en niños?

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Experimentos fuera de control

La psicología como la conocemos es una ciencia relativamente joven, pero desde su inicio nos ha ayudado a ganar una mayor comprensión de nosotros mismos y nuestras interacciones con el mundo. Muchos experimentos psicológicos han sido válidos y éticos, permitiendo a los investigadores usar nuevos tratamientos y terapias, y obtener pistas acerca de nuestras motivaciones y acciones.

Lamentablemente, otros han terminado fracasando espantosamente, arruinando la vida de muchas personas y convirtiéndose en una vergüenza para la profesión. A continuación diez experimentos psicológicos que se salieron de control.

El experimento de la Prisión Stanford.

El experimento de la cárcel de Stanford es un conocido estudio psicológico acerca de la influencia de un ambiente extremo (vida en prisión) en las conductas desarrolladas por el hombre, dependiente de los roles sociales que desarrollaban (cautivo, guardia). Fue llevado a cabo en 1971 por un equipo de investigadores liderado por Philip Zimbardo de la Universidad de Stanford. Se reclutaron voluntarios que desempeñarían los roles de guardias y prisioneros en una prisión ficticia.

El estudio fue subvencionado por la Armada de los Estados Unidos, que buscaba una explicación a los conflictos en su sistema de prisiones y en el del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos. Zimbardo y su equipo intentaron probar la hipótesis de que los guardias de prisiones y los convictos se autoseleccionaban, a partir de una cierta disposición que explicaría los abusos cometidos frecuentemente en las cárceles.

Los participantes fueron reclutados por medio de anuncios en los diarios y la oferta de una paga de 15 dólares diarios (en 2006 corresponderían a 57 euros diarios) por participar en la “simulación de una prisión”. De los 70 que respondieron al anuncio, Zimbardo y su equipo seleccionaron a los 24 que estimaron más saludables y estables psicológicamente. Los participantes eran predominantemente blancos, jóvenes y de clase media. Todos eran estudiantes universitarios.

El grupo de 24 jóvenes fue dividido aleatoriamente en dos mitades: los “prisioneros” y los “guardias”. Más tarde los prisioneros dirían que los guardias habían sido elegidos por tener la complexión física más robusta, aunque en realidad se les asignó el papel mediante el lanzamiento de una moneda y no había diferencias objetivas de estatura o complexión entre los dos grupos.

A los participantes que habían sido seleccionados para desempeñar el papel de prisioneros se les dijo simplemente que esperasen en sus casas a que se les visitase el día que empezase el experimento. Sin previo aviso fueron “imputados” por robo a mano armada y arrestados por policías reales del departamento de Palo Alto, que cooperaron en esta parte del experimento.

Los coches llegaron a la comisaría, se hizo entrar a los sospechosos, fueron fichados formalmente y de nuevo se les comunicaron sus derechos; después se les tomaron las huellas dactilares y se les hizo una identificación completa. Se encerró a los sospechosos en una celda provisional donde se les dejó con los ojos vendados.

Tras un primer día relativamente anodino, el segundo día se desató un motín, sofocado brutalmente por los guardias. Para hacerse valer usaron extintores y agredieron a los reclusos. Y los guardias extremaron su celo. Aplicaron una reglamentación salvaje. Mezclaron premios y castigos de forma aleatoria. Desnudaron a los prisioneros. Controlaron el uso del lavabo. Obligaron a los presos a realizar flexiones y simular actos homosexuales. Les forzaron a limpiar las letrinas con las manos desnudas. Dividieron a los reclusos entre buenos y malos: argumentaron que los malos eran delatores, perjudicaban a los buenos y merecían sus castigos.

Durante la noche, creyendo que las cámaras estaban apagadas, muchos guardias extremaron la crueldad. Al menos un tercio de ellos, según los psicólogos, parecía disfrutar con los castigos y practicaba conductas que los catalogaba como sádicos. Un amplio número de funcionarios solicitó realizar horas extraordinarias, sin paga.

El experimento se les fue pronto de las manos y se canceló en la primera semana.

link: http://www.youtube.com/watch?v=lfGAs4Z-J48

El estudio Monster.

En este caso en cuestión el experimento fue desarrollado por Wendell Johnson, profesor de la Universidad de Iowa, que tomó como sujetos de experimentación a un total de 22 huérfanos que vivían en Davenport. Corría entonces el año 1939.

Para seleccionar a los pequeños entrevistaron a un total de 256 niños, de los cuales seleccionaron 10 que presentaran tartamudez y otros 12 que no tuvieran problemas del habla. Como cabe esperar, se emparejaron tomando en cuenta el género, la edad y el Coeficiente Intelectual.

Como asistente del investigador intervino una estudiante, Mary Tudor, quien después de haber separado a los pequeños en dos grupos, era la encargada de comunicarse de manera positiva con los niños de forma que estos desarrollaran con fluidez su discurso pero a la misma vez se comunicaba de manera negativa con la otra mitad de los pequeños menospreciándolos por cualquier imperfección que estos mostraran en su habla y les recalcaba que eran tartamudos.

Como puede presuponerse, el grupo de niños que estuvo sometido a la influencia negativa no solo desarrollaron durante su vida serios problemas en la comunicación y el lenguaje sino que también mostraron trastornos desde el punto de vista psicológico. Como cabría esperar, el estudio también se intentó mantener oculto por miedo a las repercusiones mediáticas y sociales que éste podría tener pero también porque los propios colegas de Wendell le aconsejaron que no empañara su reputación con la publicación del mismo. No obstante, en el año 2001 la Universidad de Iowa se disculpó públicamente por este hecho y actualmente es posible leer la tesis en la biblioteca de esta universidad.

El verdadero objetivo del estudio se centraba en propiciar la tartamudez en los niños sanos modificando solamente la forma de comunicarse con los pequeños y a la misma vez, eliminar la tartamudez de los otros niños a partir de una comunicación afectuosa y un lenguaje claro.

El periodo experimental se extendió durante cinco meses en los cuales los pequeños eran sometidos a 45 minutos de charlas que verdaderamente seguían un guión prefijado con antelación. A muchos pequeños que tenían dificultades al hablar solía decirles: “Superarás la tartamudez y serás capaz de hablar incluso mejor que las personas que te rodean. No prestes atención a aquellos que critican tu habilidad, sin dudas no se dan cuenta que es solo una fase”. Al contrario, con los pequeños sanos el discurso cambiaba radicalmente: “El equipo médico ha llegado a la conclusión de que tienes un gran problema al hablar. Tienes muchos de los síntomas de los niños que son tartamudos. Debes hacer algo para detenerte inmediatamente. Utiliza tu poder. No hables a menos que puedas hacerlo bien. ¿Has visto como habla (y mencionaba el nombre de un niño del orfanato que mostraba evidentes problemas de tartamudez)? Sin lugar a dudas comenzó igual que tú.”

Tudor recogía en sus notas que después de la quinta sesión los resultados eran evidentes: muchos de los niños que hablaban perfectamente el mes antes, ahora se negaban a hablar o mostraban dificultades. Por supuesto, en este caso se refería a pequeños entre los 5 y los 9 años de edad porque en el adolescente de 15 años que era más consciente de sí mismo, el proceso demoró un poco más sin embargo, las consecuencias fueron más severas.

Después que el experimento terminó la propia Tudor regresó en varias ocasiones al orfanato para brindar ayuda a los pequeños que había convertido en tartamudos y aunque afirma que estos se curaron del todo de sus problemas para hablar, también refiere que no está segura de los efectos que tuvo el experimento para los niños.

En la actualidad algunos especialistas afirman que el experimento presentaba errores metodológicos importantes por lo que sus resultados (más allá de su falta de ética) no son aprovechables para profundizar en el conocimiento de la tartamudez. No obstante, existen otros especialistas que afirman que este estudio es una muestra de que la tartamudez es una problemática eminentemente psicológica. Aún así, actualmente cada vez son más los psicólogos que afirman que la tartamudez (o disfemia) es un trastorno multifactorial.

Vale aclarar que en Agosto del 2007, seis de estos huérfanos fueron recompensados por el estado de Iowa con un total de 925.000 dólares debido al daño emocional provocado. Esta demanda se realizó como consecuencia de un artículo publicado en el año 2001 en el Mercury News donde el reportero evidenciaba los efectos psicológicos que habían sufrido estas personas.

Por supuesto, hoy por hoy la American Speech Language Hearing Association prohíbe las experimentaciones de este tipo.

El experimento Milgram.

El experimento de Milgram fue una serie de experimentos de psicología social llevada a cabo por Stanley Milgram, psicólogo en la Universidad de Yale, y descrita en un artículo publicado en 1963 en la revista Journal of Abnormal and Social Psychology bajo el título Behavioral Study of Obedience (Estudio del comportamiento de la obediencia) y resumida en 1974 en su libro Obedience to authority. An experimental view (Obediencia a la autoridad. Un punto de vista experimental). El fin de la prueba era medir la disposición de un participante para obedecer las órdenes de una autoridad aun cuando éstas pudieran entrar en conflicto con su conciencia personal.

A través de anuncios en un periódico de New Haven (Connecticut) se reclamaban voluntarios para participar en un ensayo relativo al “estudio de la memoria y el aprendizaje” en Yale, por lo que se les pagaba cuatro dólares (equivalente a 28 dólares actuales) más dietas. A los voluntarios que se presentaron se les ocultó que en realidad iban a participar en un investigación sobre la obediencia a la autoridad. Los participantes eran personas de entre 20 y 50 años de edad de todo tipo de educación: desde los que acababan de salir de la escuela primaria a participantes con doctorados.

El experimento requiere tres personas: El experimentador (el investigador de la universidad), el “maestro” (el voluntario que leyó el anuncio en el periódico) y el “alumno” (un cómplice del experimentador que se hace pasar por participante en el experimento). El experimentador le explica al participante que tiene que hacer de maestro, y tiene que castigar con descargas eléctricas al alumno cada vez que falle una pregunta.

A continuación, cada uno de los dos participantes escoge un papel de una caja que determinará su rol en el experimento. El cómplice toma su papel y dice haber sido designado como “alumno”. El participante voluntario toma el suyo y ve que dice “maestro”. En realidad en ambos papeles ponía “maestro” y así se consigue que el voluntario con quien se va a experimentar reciba forzosamente el papel de “maestro”.

Separado por un módulo de vidrio del “maestro”, el “alumno” se sienta en una especie de silla eléctrica y se le ata para “impedir un movimiento excesivo”. Se le colocan unos electrodos en su cuerpo con crema “para evitar quemaduras” y se señala que las descargas pueden llegar a ser extremadamente dolorosas pero que no provocarán daños irreversibles. Todo esto lo observa el participante.

A los participantes se les comunicaba que el experimento estaba siendo grabado, para que supieran que no podrían negar a posteriori lo ocurrido.
Se comienza dando tanto al “maestro” como al “alumno” una descarga real de 45 voltios con el fin de que el “maestro” compruebe el dolor del castigo y la sensación desagradable que recibirá su “alumno”. Seguidamente el investigador, sentado en el mismo módulo en el que se encuentra el “maestro”, proporciona al “maestro” una lista con pares de palabras que ha de enseñar al “alumno”. El “maestro” comienza leyendo la lista a éste y tras finalizar le leerá únicamente la primera mitad de los pares de palabras dando al “alumno” cuatro posibles respuestas para cada una de ellas. Éste indicará cuál de estas palabras corresponde con su par leída presionando un botón (del 1 al 4 en función de cuál cree que es la correcta). Si la respuesta es errónea, el “alumno” recibirá del “maestro” una primera descarga de 15 voltios que irá aumentando en intensidad hasta los 30 niveles de descarga existentes, es decir, 450 voltios. Si es correcta, se pasará a la palabra siguiente.

El “maestro” cree que está dando descargas al “alumno” cuando en realidad todo es una simulación. El “alumno” ha sido previamente aleccionado por el investigador para que vaya simulando los efectos de las sucesivas descargas. Así, a medida que el nivel de descarga aumenta, el “alumno” comienza a golpear en el vidrio que lo separa del “maestro” y se queja de su condición de enfermo del corazón, luego aullará de dolor, pedirá el fin del experimento, y finalmente, al alcanzarse los 270 voltios, gritará de agonía. Lo que el participante escucha es en realidad un grabación de gemidos y gritos de dolor. Si el nivel de supuesto dolor alcanza los 300 voltios, el “alumno” dejará de responder a las preguntas y se producirán estertores previos al coma.

Por lo general, cuando los “maestros” alcanzaban los 75 voltios, se ponían nerviosos ante las quejas de dolor de sus “alumnos” y deseaban parar el experimento, pero la férrea autoridad del investigador les hacía continuar. Al llegar a los 135 voltios, muchos de los “maestros” se detenían y se preguntaban el propósito del experimento. Cierto número continuaba asegurando que ellos no se hacían responsables de las posibles consecuencias. Algunos participantes incluso comenzaban a reír nerviosos al oír los gritos de dolor provenientes de su “alumno”.

Si el “maestro” expresaba al investigador su deseo de no continuar, éste le indicaba imperativamente y según el grado:
-Continúe, por favor.

-El experimento requiere que usted continúe.

-Es absolutamente esencial que usted continúe.

-Usted no tiene opción alguna. Debe continuar.

Si después de esta última frase el “maestro” se negaba a continuar, se paraba el experimento. Si no, se detenía después de que hubiera administrado el máximo de 450 voltios tres veces seguidas.

En el experimento original, el 65% de los participantes (26 de 40) aplicaron la descarga de 450 voltios, aunque muchos se sentían incómodos al hacerlo. Todo el mundo paró en cierto punto y cuestionó el experimento, algunos incluso dijeron que devolverían el dinero que les habían pagado. Ningún participante se negó rotundamente a aplicar más descargas antes de alcanzar los 300 voltios.

link: http://www.youtube.com/watch?v=iUFN1eX2s6Q

Tony Lamadrid

A algunos esquizofrénicos medicados matriculados en una universidad de California se les pidió que dejaran de tomar sus medicamentos en un programa que comenzó en 1983. El estudio estaba destinado a encontrar información que permitiera a los médicos a tratar mejor a la esquizofrenia, pero todo se salió de control cuando el 90% de los sujetos de prueba volvió a caer en episodios de enfermedad mental. Uno de los participantes, Tony Lamadrid, murió saltando desde una azotea seis años después de matricularse por primera vez en el estudio.

El Pozo de la desesperación

El psicólogo Harry Harlow estaba obsesionado con el concepto del amor, pero en vez de escribir poemas o canciones, realizó enfermizos y retorcidos experimentos con monos durante la década de 1970. Uno de sus experimentos giraba en torno a confinar a los monos en aislamiento total en un aparato que él llamó el “pozo de la desesperación” (una cámara de rasgos distintivos, donde el vacío privaba a los animales de cualquier estímulo o socialización) que produjo que sus “mascotas” se volvieran locas, e incluso murieran de hambre. Harlow ignoraba las críticas de sus colegas, y en una tristemente célebre frase comenta: “¿Cómo puedes amar a los monos?”. Pero todo llegó a su fin cuando movimientos por los derechos animales pusieron fin a su carrera y a sus crueles experimentos.

El caso de David Reimer.

David Reimer nació con el nombre de Bruce, siendo gemelo con su hermano Brian, en la ciudad de Winnipeg, en Manitoba. A los hermanos se les diagnosticó fimosis a los seis meses de nacer, por lo que a los ocho meses se les circuncidó. El urólogo encargado de realizar la operación utilizó un método de cauterización poco corriente que acabó quemando el pene de David Reimer.

La preocupación de sus padres de que su hijo no fuera a ser feliz ni de que pudiera tener una vida sexual normal sin pene les hizo tomar la determinación de llevarle a Baltimore a la consulta de John Money en el hospital Johns Hopkins. Money era un psicólogo conocido por sus trabajos sobre los roles de género y el desarrollo sexual realizados a partir del estudio de pacientes intersexuales. Además, era uno de los impulsores de la teoría de la neutralidad de género, sosteniendo que la identidad de género se aprendia desde la infancia por aprendizaje social, y que eso podía ser cambiado. El matrimonio Reimer había visto a John Honey en el programa de televisión de noticias canadiense This Hour Has Seven Days, exponiendo sus teorías acerca del género. Tanto él como otros médicos que trabajaban con niños con anomalías en sus gentitales consideraban que el pene era irreemplazable, pero que mediante cirugía se podía crear una vagina funcional, teniendo Reimer más posibilidades de madurar sexualmente con éxito como chica que como chico.

Finalmente, convencieron a los padres de que la reasignación de sexo iba a ser lo más beneficioso para Reimer, por lo que cuando tenía 22 meses se le practicó una orquidectomía, extirpándole los testículos. Se le reasignó como mujer y se le cambió el nombre por Brenda. John Money se encargó de la cirugía y del apoyo psicológico, y durante diez años estuvo viendo a Reimer una vez al año para evaluar el resultado de la operación y la reasignación. El caso de Reimer era único para estudiar la influencia del entorno en los roles de género por dos motivos: primero, por su hermano gemelo, Brian, que podía servir como control del experimento, al compartir genes, ambiente familiar y ambiente intrauterino; y segundo, porque David era la primera persona sin ninguna anomalía en su diferenciación sexual a la que le reasignaron su sexo.

Durante varios años, Money escribió sobre el caso (lo llamaba caso John/Joan), describiendo un aparente éxito del desarrollo de la personalidad femenina de David, lo que implicaba la viabilidad de la reasignación y de la reconstrucción quirúrgica incluso en personas que no eran intersexuales. Money escribió:

Su comportamiento es claramente como el de una niña, muy distinto de las maneras de chico de su hermano gemelo.

Las notas tomadas por un estudiante del laboratorio de Money durante las visitas anuales de control revelan que los padres de David Reimer mentían al personal del laboratorio acerca del éxito del experimento. Luego se supo que el hermano gemelo de David era esquizofrénico.

Para David Reimer las visitas de control a Baltimore eran traumáticas más que terapéuticas. Cuando el Dr. Money intentó convencer a la familia para implantar a Reimer una vagina mediante cirugía, la familia abandonó las visitas de control. Desde que le practicaron la orquidectomía, David Reimer orinaba a través de un agujero que le habían practicado en el abdomen. Durante la adolescencia le suministraron estrógenos para provocar el crecimiento de los pechos. Al dejar la familia de realizar las visitas periódicas, Money dejó de publicar sobre el caso, sin dar a entender que el experimento había fracasado.

Dos décadas después, Reimer escribió junto con John Colapinto como, al contrario de lo que escribía John Money, durante el periodo que vivió como Brenda nunca se identificó con una chica. Sus compañeros le intimidaban y le daban de lado y ni los vestidos de volantes (que se vio obligado a usar durante el gélido invierno de Calgary), ni las hormonas femeninas le hicieron sentir mujer. A los 13 años empezó a sufrir depresiones, y les dijó a sus padres que se suicidaría si le obligaban a ver de nuevo al Dr. Money. Siguiendo el consejo del endocrino y psiquiatra de David, en 1980 sus padres le contaron la verdad acerca de su reasignación. A los 14 años, Reimer decidió asumir su papel masculino, y se puso de nombre David. En 1997, Reimer había sometido a un tratamiento para revertir la reasignación, que incluía inyecciones de testosterona, una mastectomía doble, y dos operaciones de faloplastia. También se casó con una mujer y se convirtió en el padrastro de sus tres hijos.
Su caso obtuvo repercusión internacional en 1997, cuando contó su historia a Milton Diamond, un sexólogo que le convenció para que le dejara contar su historia, y así evitar que se repitieran casos como el suyo. En diciembre de ese año, John Colapinto publicó en la revista Rolling Stone su caso.2 Después escribió un libro sobre la historia de David Reimer, As Nature Made Him: The Boy Who Was Raised as a Girl.

Colapinto compartió los ingresos por la venta del libro con Reimer, lo que ayudó a su situción financiera. Sin embargo , Reimer tenía otro tipo de problemas. A la difícil relación con sus padres se sumó en el año 2002 la muerte de su hermano Brian motivada por una sobredosis de antidepresivos. A eso se sumó la falta de empleo y la separación de su mujer Jane. El 2 de mayo de 2004 ella le dijo que quería separarse, provocando que David se fuera de casa y no volviera. El 5 de mayo la policía llamó a Jane para comunicarle que habían encontrado a su marido, pero no le quisieron decir donde. Volvieron a llamar a las dos horas informándola de su suicidio. David había vuelto a casa aprovechando una ausencia de ella para coger una escopeta. La mañana del 5 aparcó su vehículo, y dentro de él se disparó en la cabeza.

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